El tren Roca

Banfield

Salgo de casa y mientras transito Rodriguez Peña, ancha y empedrada como hace un centenar de años, paso por una esquina con una pluma, el homenaje a Julio Cortazar, que viviera su infancia por el sur y que se inspirara en el barrio para algunos de sus primeros cuentos.

Voy a la estación de tren de Banfield, y las caras pintadas de Pepe Biondi y Sandro me miran a los ojos. Hay otras caras de famosos más pero no logro distinguirlas todavía, ya voy a preguntar quienes son.

Viajo en el tren hará unos 18 años, y a pesar de que lo he odiado mucho, creo que el día que deje de tomar el tren lo voy a extrañar.

Muchas veces medité otras opciones, como el auto o una combi, pero vuelvo siempre al tren. Tenemos una relación amor- odio, y a pesar de que los momentos de odio son feos, los momentos de amor son por los que vale la pena vivir. Las demoras, los paros sorpresivos, las cancelaciones, los robos, el olor a pancho en el vagón, los vendedores ambulantes y viajar como ganado son los momentos feos que ni me voy a explayar sobre ellos, porque no vale la pena.
Pero cuando lo feo pasa, deja lugar para otros ojos. Eso de ir conociendo (aunque nunca al punto de hablar con ninguno) a las personas con quien viajas todas las mañanas, generar complicidad, leer atrapado al pasamano, ver la canchita de Gerli que no sé porque me hace acordar a algún cuento de Sacheri (Esperandolo a tito quizás..) , los talleres de Remedios de Escalada, pasar por Lanús y escuchar a la señora repetir: “hay empanadas tucumaaanaaaass”!!!, ver las pintadas de Darío y Maxi en Avellaneda, la gente de las fábricas que bajan en Irigoyen, llegar a Constitución y esquivar a la gente hasta salir a hornos, y un sinfín de recuerdos que de ser tan repetidos, comienzan a generar empatía en uno.

trenes

trenes 2

puente de Banfield

Escalada

avellaneda

A constititucion by @chuno77
A constititucion by @chuno77

Todavía sigo en Banfield. El tren todavía no viene pero a juzgar por las caras conocidas de los mismos que tomamos el tren todos los días, debería estar por venir en cualquier momento. De pronto, el banderillero de la esquina de Larroque hace un movimiento con su bandera y eso ratifica que se aproxima una formación. Todos a sus puestos que el gigante esta por arribar! Y así, dejando pasar algún tren si está demasiado lleno, o subiendo de buenas a primeras, el viaje a Constitución transcurrirá rutinaria pero extraordinariamente, una vez más, todos los días de la semana. Si no le encuentro a este rito lo fantástico y lo maravilloso, no tendría ninguna forma de continuar.

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En la estación de Constitución se concentra el pueblo del sur; desde el que va o viene a Tolosa, el que va o viene a Florencio Varela, a Tristán Suarez, a Longchamps, o a Santa Catalina. Y también están los chicos bien que van a estudiar a Capital desde Adrogué, Montegrande, Banfield o donde sea.

Entre las 9 y las 10 de la noche es el horario típico de vuelta de los estudiantes universitarios, o por lo menos cuando más se hacen notar, porque entre las 4 y las 8 de la noche son mayoría los trabajadores volviendo a sus casas.

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Vuelvo al sur. Es tarde y desde Constitución es hora de volver a casa. El tren va totalmente repleto, pero si busco una posición determinada, puedo darme el lujo de leer mientras viajo. En el tren van todo tipo de personas, pero los trabajadores somos los que abundamos esta tarde. Y además de los trabajadores, también están las familias enteras que se movilizan de un lado a otro todos los días, y también las madres con sus pequeñas hijos, como la que me crucé hace unos días en el tren, y que me hizo escribir estas palabras sobre el Roca.

Ese día, a pesar de ser invierno, hacía mucho calor en Buenos Aires y específicamente en el tren, y el bebé de un año y algo jugaba y se quería sacar la camisita que le molestaba. Jugaba con la madre, dueña de una belleza y un rostro puro. Ella era morocha de pelo lacio atado con una vincha, piel morena, un piercing en la nariz, y un cuerpo aún juvenil pero ya con las formas de una madre. Esas pequeñas imágenes de belleza urbana las que cada vez que viajo en el Roca me sacan una sonrisa, y que extrañaré y recordaré cuando ya no viaje más en el tren metropolitano…

Al llegar a los talleres de Remedios de Escalada me fijo y no hay ninguna posibilidad de salir tranquilo en la próxima estación que es Banfield. Tendré que empujar, pienso. Llegando a la estación ya hubo un principio de acuerdo entre los jugadores que tenernos que planear la jugada preparada, y la jugada sale casi a la perfección; algunos van intercambiando posiciones uno a uno hasta que se abran las puertas, y al abrirlas se arma como un pasadizo mágico de gente, como un tubo de una ola por donde tenés que meterte con la tabla, y que te permite ir saliendo. Si se dificulta un poco, será necesario un giro y algún roll para evitar ser detenido por alguna vieja que no se mueve o el gordo que hace todo lo posible para que pases pero que no es suficiente. En un instante uno cruza la puerta y ve que la jugada salió de maravilla, Alguno siempre se come alguna puteada por no dejar pasar, pero son los menos por suerte.

Bajo por el tunel y el sonido acústico que produce el paso bajo nivel suena a recital unplugged. Por suerte hay un conservatorio de música a una cuadras y siempre hay chicos tocando la guitarra a la gorra en el tunel. Esta vez un chico canta una de The Beatles, y lo hace bastante bien para mi gusto. Ya estoy en mi barrio, llego a casa otra vez. Cada vez que vuelvo confirmo una vez más que fue una buena desición no irme a vivir a Capital y volver siempre al sur.

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2011

Tren de las 17 40, un clásico ahora que veo lo último que escribí y que ya me había olvidado. Me sigo enamorando los trenes de las 17 40. Yo salí con el tiempo justo de mi trabajo, a las 17 20, y tenía que caminar rápido esas 12 cuadras hasta Constitución, y llegar a abordar el tren en el Andén 6, de donde sale siempre. A veces  ciertas cosas es lindo que se transformen en rutina, como por ejemplo este tren, que va con la mitad de los pasajeros que van los demás trenes porque solo llega hasta Temperley.  Yo llegué medio agitado hasta la puerta más liberada, pero llegué. busqué un lugar más o menos abierto dentro del tren, y lo encontré cerca de la puerta opuesta a la que abría y cerraba, del lado de una chica morocha bajita, con el pelo sobre su cara. Saqué mi Libro que estaba leyendo de Magia en el camino, sobre una pareja viajando por el mundo, y me puse a leer con el libro arriba, porque estaba resfriado y si leía con el libro para abajo se me caían los mocos. Así de sencillo. La mirada de ella que todavía no había descubierto y la mia la separaban un montón de hojas que yo podía correr si tenía ganas. En Irigoyen corri el libro, y su pelo ya no estaba sobre su cara, sino que se lo había corrido para el otro lado, y se podía apreciar que era demasiado linda para este mundo. La contemplé unos segundos y seguí leyendo. Estaba atardeciendo y justo por el Puente Pueyrredon se pueden ver los colores del atardecer y el sol cayendo sobre la ciudad. Mientras veía ese espectáculo, ella tenía la cabeza gacha, escuchando radio o música con su celular. Sigo leyendo. Después  de salir de Avellaneda, o Dario y Maxi como se llama ahora, corro el libro y veo su rostro y sus ojos directamente efocados en mi, que me estaban mirando, y que cuando devolví la mirada ella la bajó nuevamente. Sus ojos eran celestes, o eso  parecía. Inmediatamente me enamoré platónicamente. Otro amor platónico en el Roca y ya iban muchos…

El juego de lecturas, libros, miradas y nervios siguió hasta que llegamos a Banfield y yo me tenía que bajar. Estábamos uno al lado de otro y sabíamos que cada uno estaba esperando algo del otro. Pero yo no hice nada. Y ella tampoco hizo nada. Mientras me bajaba notaba que ella me seguía con la mirada, y apenas bajé del tren  la miré y ella se me quedó mirando. El tren cerró las puertas, y mientras  se alejaba ella cambiaba de posición dentro del tren para continuar con su mirada hacia afuera. Era la semana de la dulzura, y yo tenía 6 bon o bon y un tofi en el bolsillo de mi mochila. Podría haber aprovechado la ocasión para darle un bon o bon y así empezar la charla. Los 6 bon o bon que tenía en la mochila eran para mis compañeras de trabajo, que no se los dí porque no encontré el momento de dárselos. Y el Tofi era para mi novia.

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