Un hospital vecinal detrás de la foto del paraíso

 

DSC07088

 

La foto era paradisíaca, pero la situación era diferente. May no paraba de rescarse por la alergia que le había agarrado la noche anterior, y el cuadro se complicaba a cada minuto. Lo que a la mañana era una manchita en el cuello, ahora le había tomado el pecho, la panza y los brazos, que se comenzaban a hinchar alarmantemente. El antialérgico que teníamos no le alivió ni un poquito.  Volvimos antes de lo pensado de la playa de Bocas del Drago y nos fuimos directo al hospital vecinal. Acá no había tarjeta médica o asistencia al viajero que ayude, porque la asistencia la necesitaba urgente y no podíamos llamar para esperar un médico que podía llegar a cualquier hora.

Hospital

 Llegamos al hospital y nos recibió una señora de cuerpo grande, negra, que la miraba a May con cara de – entiendo lo que te anda pasando.  5 dólares salía la consulta, nada comparado a los astronómicos precios de los hospitales privados de algunas ciudades.    El médico que atendía parecía el hermano de la recepcionista, porque también era de una contextura gigante, de una tez negra mota fuerte, y con una cara de bueno que transmitía tranquilidad (En su momento me recordó a Buba, de Forrest Gump).  May entró toda hinchada a la sala, y yo tuve que esperar afuera. Al ratito veo pasar por el pasillo a una chica claramente embarazada junto a un chico, caminando como podía por el pasillo, con jadeos y evidencias de lo que se venía en camino. El hospital tenía una sola persona para atender, así que en cuestión de prioridades, el bebe en camino estaba primero. El médico le dijo a mi chica; – Tengo que atender un parto y te sigo atendiendo. Y ahí May volvió a la sala de espera, con una jeringa gigante clavada en un brazo, que no se la podía sacar porque en caso de necesitar más corticoides no podían pincharla dos veces en la misma zona.

Doctor holding new born
imagen extraída de internet

Así que estábamos ahí, May y yo, en la sala de espera, junto a un par de personas más que recién habían llegado y le miraban la cara de susto a mi chica por encontrarse  en un hospital lejano y con una jeringa en el brazo. Creo que a mi chica se le piantó un lagrimón y todo. Al ratito escuchamos un llanto fuerte y nos dimos cuenta que el bebe había nacido. La puerta se abrió y vimos el papá que movía la camilla junto al médico hasta otra salita. Apenas dejó al bebé, el médico gigante, moreno y bonachón, la miró a May y le dijo que ya podía seguir atendiéndola. Le dió una segunda dosis de corticoide, por suerte la hinchazón del cuello y los brazos bajó y nos fuimos a casa.  

 En los lugares alejados de las ciudades grandes, un hospital vecinal con la infraestructura básica puede resultar mucho más salvador que cualquier seguro del viajero que podamos contratar. En los hospitales públicos todos somos humanos y todos tienen derecho a curarse. Por suerte Panamá no es ninguna estrellita de la bandera de las estrellitas, sino ni mi chica se podría haber curado (y quien sabe el destino de esa alergia), ni el bebito podría haber nacido y llorado en un país con derechos para todos.

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